Normalmente es alguien con cierta superioridad física quien imparte lecciones de este tipo, pero en el caso del jefe era completamente diferente: apelaba directamente al intelecto. Para comenzar, sostenía que los genitales eran para copular con las estrellas en la Vía Láctea. El vello púbico, raíces de índigo asentadas profundamente bajo la piel blanca y algunas hebras ya fuertes y cada día más gruesas, crecerían con el fin de hacer cosquillas al recatado polvo de estrellas en el momento de la violación… El grupo se sentía hechizado por delirios sagrados de este tipo, y detestaba a los otros colegiales, chicos alocados, sucios, dignos de lástima, que desbordaban de curiosidad acerca del sexo.
―Cuando acabemos de comer, iremos a mi casa ―dijo el jefe―. Todo está listo. Ya sabéis para qué.
―¿Has conseguido el gato?
―Todavía no, pero no tardaremos en tener uno. Ya nada va a tardar.
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