“
—Que duermas bien, cariño.
La madre de Noboru salió del cuarto del chico y cerró la puerta con llave. ¿Cuál sería su reacción en caso de incendio? En primer lugar, lo sacaría de allí: se había hecho esa promesa. Pero ¿y si el calor retorcía la puerta de madera o la pintura obstruía el ojo de la cerradura? ¿La ventana? El camino de abajo era de grava, y la altura del segundo piso de aquella casa alta y estrecha tampoco permitía abrigar demasiadas esperanzas.
La culpa era del chico. Nada habría pasado si no se hubiera dejado convencer por el jefe y no se hubiera escapado de casa aquella noche. Luego vino la letanía de preguntas, pero él se había negado a revelar el nombre de su jefe.
Vivían en la cima del cerro de Hado, en Yokohama, en una casa construida por su padre. Al terminar la guerra la casa había sido requisada por el ejército de ocupación, y se había instalado un servicio en cada dormitorio del piso superior. Pasar la noche allí encerrado no era excesivamente incómodo, pero para un chico de trece años suponía una enorme humillación.
Una mañana, solo y al cuidado de la casa, Noboru, ansioso por desahogar de algún modo su despecho, se puso a revolver su habitación.
Había un gran armario empotrado cuya pared del fondo daba al dormitorio de su madre. Sacó todos los cajones y, al vaciarlos desordenadamente por el suelo, vio que un hilo de luz iluminaba uno de los huecos del armario.
Metió en él la cabeza y descubrió la fuente de la luz: el fuerte sol estival se reflejaba en el mar e inundaba el dormitorio vacío de su madre. Había mucho espacio en el armario: incluso un adulto, deslizándose en sentido horizontal, podría introducirse hasta la cintura. Al examinar la alcoba de su madre a través de la abertura, Noboru experimentó una nueva y refrescante sensación.
La madre de Noboru salió del cuarto del chico y cerró la puerta con llave. ¿Cuál sería su reacción en caso de incendio? En primer lugar, lo sacaría de allí: se había hecho esa promesa. Pero ¿y si el calor retorcía la puerta de madera o la pintura obstruía el ojo de la cerradura? ¿La ventana? El camino de abajo era de grava, y la altura del segundo piso de aquella casa alta y estrecha tampoco permitía abrigar demasiadas esperanzas.
La culpa era del chico. Nada habría pasado si no se hubiera dejado convencer por el jefe y no se hubiera escapado de casa aquella noche. Luego vino la letanía de preguntas, pero él se había negado a revelar el nombre de su jefe.
Vivían en la cima del cerro de Hado, en Yokohama, en una casa construida por su padre. Al terminar la guerra la casa había sido requisada por el ejército de ocupación, y se había instalado un servicio en cada dormitorio del piso superior. Pasar la noche allí encerrado no era excesivamente incómodo, pero para un chico de trece años suponía una enorme humillación.
Una mañana, solo y al cuidado de la casa, Noboru, ansioso por desahogar de algún modo su despecho, se puso a revolver su habitación.
Había un gran armario empotrado cuya pared del fondo daba al dormitorio de su madre. Sacó todos los cajones y, al vaciarlos desordenadamente por el suelo, vio que un hilo de luz iluminaba uno de los huecos del armario.
Metió en él la cabeza y descubrió la fuente de la luz: el fuerte sol estival se reflejaba en el mar e inundaba el dormitorio vacío de su madre. Había mucho espacio en el armario: incluso un adulto, deslizándose en sentido horizontal, podría introducirse hasta la cintura. Al examinar la alcoba de su madre a través de la abertura, Noboru experimentó una nueva y refrescante sensación.