Tras la búsqueda de la madre ausente.
Una de las fórmulas infalibles que hace que me rinda a un determinado tipo de historia es la que se basa en la figura del eterno ausente, diseñada para mitificar un tipo de personaje que, gracias a que nosotros rellenamos aquella información que se nos es ocultada, acabamos obsesionándonos por él, ya sea odiándolo u ofreciéndole todo nuestro amor incondicional. Me refiero a la archicopiada fórmula de la película Rebeca (1940), que desde Laura Palmer hasta el malo del inspector Gadget se nos ha ido presentando a lo largo de nuestras vidas en multitud de películas y libros. Cuando me encuentro con algún eterno ausente, mis defensas caen a sus niveles más bajos y me entrego como Heathclift a su amada Catherine.
Volviendo a Matar un ruiseñor, lo que más me emociona de esa película no es su historia racial, ni su entorno sureño, ni la figura paternal de Gregory Peck, ni el vecinito Capote. Lo que atenta directamente contra mi corazón es la total ausencia de la figura materna, cuya falta parece no condicionar la vida de la feliz y comprensiva familia, pero sí que de alguna manera está presente. Robert Mulligan sólo se sirve de una sola secuencia para atacar directamente la figura de la madre ausente, para mí la que convierte a esta peli en una auténtica joya. Comprendiéndola, quizá podamos aceptar que Scout no quiera vestirse de niña y no por ello creer que acabará siendo lesbiana. Y quizá podamos comprender también la perfección del padre, por haber asumido el papel de la madre ideal.
En la cama, Scout está lista para quedarse frita. Atticus acaba de leerle un capítulo de una novela y se dispone a darle un beso de buenas noches, pero su hija le sorprende con una pregunta “¿Me dejas ver tu reloj?”. Su padre le da un reloj de pulsera, donde lee una inscripción que reza “A Atticus, mi amado esposo”.
- Jem dice que algún día este reloj le pertenecerá – le dice Scout a su padre.
- Es cierto
- ¿Por qué?
- Pues… porque es una tradición que el hijo herede el reloj del padre.
- Y a mí, ¿qué me vas a dar?
- No creo que personalmente posea algún otro objeto de valor, pero hay un collar de perlas y una sortija que pertenecían a tu madre. Los tengo guardados como recuerdo y algún día serán tuyos.Atticus se despide de su hija con un beso, sin sospechar que acaba encender la mecha de los recuerdos olvidados de Scout. Se dará cuenta pronto, cuando se siente en la hamaca del porche a tomar el aire y escuche a su hija hablando con su hermano mayor. Y ahora viene el momento que, como diría mi mejor amigo, me hace mucho de llorar.
- Yen…
- ¿Qué?
- ¿Cuántos años tenía yo cuando murió mamá?
- Dos.
- ¿Y tú cuántos?
- Seis.
- Los mismos que yo ahora…
- Ahá…
- ¿Era guapa mamá?
- Ahá.
- ¿La querías mucho?
- Sí.
- Y yo… ¿la quería?
- Sí.
- ¿La echas de menos?
- Sí.(Añadamos una pausa dramática en la lectura de esta entrada, por favor, para asumir la pregunta “Y yo… ¿la quería?”).
Yo creo que Gregory Peck se llevó el Oscar por la expresión que mantiene mientras escucha cómo sus hijos recuerdan a su mamá. Es la expresión de quien encierra un tesoro que sólo él conoce. ¿Sabéis cuál es uno de los superpoderes de la música de cine?, que a veces resulta ser la llave que abre el cofre de ese tipo de tesoros.
- Remember Mama. To Kill A Mockingbird (1962). Elmer Bernstein.
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