24 de agosto de 1946
—Cortar la cabeza a Isabella si la pilla ahora —dijo Isabella.
—Tonterías —repuse, aunque pensé que probablemente tenía razón.
—También cortar la cabeza a Oswald —dijo ella.
—Ni pensarlo, querida mía. Estaré muy lejos de aquí cuando se haga de día. Ahora mismo parto Nilo arriba, camino de Luxor.
Nos alejábamos rápidamente de la pirámide en el coche. Eran alrededor de las dos y media de la madrugada.
—¿A Luxor? —dijo ella.
—Sí.
—¿E Isabella ir contigo?
—No.
—Sí —dijo ella.
—Va en contra de mis principios viajar con una dama —dije.
Podía ver algunas luces delante de nosotros. Eran del Mena House Hotel, lugar que permite a los turistas hospedarse en el desierto, no muy lejos de las pirámides. Me acerqué bastante al hotel y detuve el coche.
—Voy a dejarte aquí —dije—. Nos lo hemos pasado muy bien.
—¿De modo que no llevar a Isabella a Luxor?
—Me temo que no —dije—. Vamos, bájate del coche.
Isabella empezó a apearse del automóvil, luego se detuvo con un pie en la calzada y, de pronto, se volvió en redondo y vertió sobre mí tal torrente de palabras obscenas como nunca había oído yo en labios de una dama desde… bueno, desde 1931, en Marrakech, cuando la vieja y golosa duquesa de Glasgow metió la mano en una caja de bombones y fue mordida por un escorpión que casualmente yo había depositado en ella a guisa de custodio (Volumen XIII, 5 de junio de 1931).
—Eres asquerosa —dije.
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