Hizo un leve gesto con las manos, como si fuese a arrebatarle la copa, por lo que ella se la acercó rápidamente a los labios y la levantó muy alto, sosteniéndola así durante varios segundos para apurar hasta la última gota. Cuando volvió a mirar a Conrad vio que depositaba un billete de diez dólares en la bandeja del camarero y que éste le daba las gracias efusivamente. Luego se dio cuenta de que salía flotando del bar, cruzaba el vestíbulo, con la mano de Conrad sosteniéndola por un codo, dirigiéndola hacia los ascensores. Subieron flotando hasta el piso vigésimo segundo y luego flotaron por el pasillo hasta la puerta de su dormitorio. Anna pescó la llave del interior del bolso, abrió la puerta y entró flotando. Conrad la siguió y cerró la puerta tras de sí. Luego, muy repentinamente, la cogió entre sus brazos enormes y empezó a besarla con gran ahínco.
Anna le dejó hacer.
Conrad le besó la boca, las mejillas, el cuello, aspirando hondo entre beso y beso. Anna mantuvo los ojos abiertos, observándole de un modo extraño, lejano, y lo que vio le hizo pensar vagamente en el rostro borroso y próximo de un dentista cuando éste se encuentra trabajando en uno de los dientes superiores.
Luego, inesperadamente, Conrad introdujo la lengua en uno de sus oídos. El efecto que ello surtió en Anna fue eléctrico. Fue como si una clavija de doscientos voltios acabase de ser introducida en un enchufe vacío y todas las luces se encendieran y los huesos comenzasen a derretirse y la savia cálida y derretida recorriera sus miembros y ella fuera presa de frenesí. Era la clase de frenesí maravilloso, desenfrenado, temerario y llameante que Ed solía provocar en ella tan a menudo con sólo tocarla con la mano aquí y allá. Echó
los brazos alrededor del cuello de Conrad y empezó a besarle con mayor ahínco que él y, aunque al principio pareció que temía que Anna fuera a comérselo vivo, Conrad pronto recobró el equilibrio.
Anna no tenía la menor idea de cuánto tiempo pasaron allí de pie, abrazándose violentamente, pero debió de ser un rato bastante largo. Sentía tal felicidad, volvía a sentir tal… tal confianza, una confianza en sí misma tan súbita y abrumadora, que sintió deseos de arrancarse la ropa y bailar frenéticamente para Conrad en medio de la habitación. Pero no hizo ninguna tontería parecida. En vez de ello, se limitó a flotar hacia el borde de la cama y se sentó para recobrar el aliento. Conrad se sentó rápidamente a su lado. Anna apoyó la cabeza en su pecho y sintió que la felicidad la embargaba mientras él le acariciaba el pelo gentilmente. Luego Anna le desabrochó un botón de la camisa, metió la mano dentro y la apoyó en su pecho. Notó el latir del corazón a través de las costillas.
—¿Qué es lo que veo aquí? —dijo Conrad.
—¿Qué es lo que ves dónde, cariño?
—En tu cuero cabelludo. Será mejor que vigiles esto, Anna.
—Vigílalo tú por mí, cariño.
—Hablo en serio —dijo él—. ¿Sabes qué parece esto? Parece un toquecito de alopecia andrógina.
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