El uso arbitrario del prefijo «des» hace que un «descolgador» sea lo contrario a un «colgador»: el «descolgador» no sirve para colgar abrigos pero es utilísimo para descolgarlos cuando nos los queremos poner; todo ello en un país de vitrinas sin vidrios, comercios sin caja y guardarropías sin billetes. El prefijo se convierte así en el principio de la Utopía. Pero nadie nos prohibe soñar en una ciudad futura donde los abrigos sean gratuitos como el agua y el aire. Y la Utopía no es menos educativa que el espíritu crítico. Basta con transferirla del mundo de la inteligencia (a la cual Gramsci atribuye justamente el pesimismo metódico) al de la voluntad (cuya característica principal, siempre de acuerdo con Gramsci, debe ser el optimismo).
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