Ulises 31. Episodio 1, “Cíclope o la maldición de los dioses”. Jean Chalopin, Nina Wolmark, Nagahama Tadao. 1981.

Ulises 31. Episodio 1, “Cíclope o la maldición de los dioses”. Jean Chalopin, Nina Wolmark, Nagahama Tadao. 1981.

La irresistible relación entre lo marinero y lo maricón.
To the ends of the earth. Leigh Jackson, Tony Basgallop & David Attwood. 2005.

La irresistible relación entre lo marinero y lo maricón.

To the ends of the earth. Leigh Jackson, Tony Basgallop & David Attwood. 2005.

¡Dijérase que, desde la cuna, había presentido yo aquel encuentro! ¡Dijérase que lo temía por instinto, como cada ser animado teme y adivina, y ventea, y reconoce a su antagonista natural antes de haber recibido de él ninguna ofensa, antes de haberlo visto, sólo con sentir sus pisadas!
—Estoy dispuesto a moderar el tono, pero no el contenido. Ese hombre es un teorizante. ¡O algo peor! ¡El error que siempre cometen los teorizantes es el de suponer que se puede adaptar un sistema perfecto de gobierno a la pobre faz imperfecta de la humanidad!
Pero aquí, aquí, en el mar agitado bajo el sol ardiente y con toda una compañía de jóvenes bronceados desnudos hasta la cintura —con las manos y los pies endurecidos por un trabajo honesto y peligroso—, con esas caras graves pero abiertas, tostadas por las tormentas de todos los océanos, con sus magníficos rizos que flotan en la brisa y se apartan de sus frentes, aquí, si bien no habría forma de cambiar mi opinión, sí la habría al menos de modificarla y mitigarla. Al observar a un joven en particular, un hijo de Neptuno, de fina cintura y esbeltas caderas, pero de hombros anchos, creí que lo que tuviera de maligno aquella poción quedaba anulado por el quién la tomaba y dónde. Pues era como si aquellos seres, aquellos jóvenes, o por lo menos algunos de ellos y uno en particular, pertenecieran a la raza de los gigantes. Recordé la leyenda de Talos, el hombre de bronce, cuyo cuerpo artificial se llenó con fuego líquido. Me pareció que ese líquido tan evidentemente ardiente (el ron) que se brindaba con una benevolencia y un paternalismo erróneos a las gentes del arma naval era el icor (se supone que ésta era la sangre de los dioses griegos) idóneo para unos seres tan semidivinos, de proporciones tan verdaderamente heroicas. Acá y acullá se advertían entre ellos las huellas de la disciplina, ¡y portaban esas cicatrices paralelas con indiferencia e incluso orgullo! Algunos, creo en verdad, las consideraban signos de distinción. Otros, y no pocos, portaban en el cuerpo cicatrices de una indiscutible honorabilidad: las cicatrices del sable, de la pistola, de la metralla o de otros fragmentos. Ninguno de ellos estaba mutilado, o si lo estaba era en tan escasa medida, un dedo, quizá un ojo o una oreja, que la imperfección era en ellos como una medalla. ¡Entre ellos había uno a quien califiqué in mente de mi propio héroe particular! No tenía más que cuatro o cinco cicatrices blancas del lado izquierdo de su faz, abierta y amistosa, ¡como si al igual que Hércules hubiera combatido con una fiera! (ya sabes que Hércules, según la fábula, había combatido con el león de Nimea). Llevaba los pies descalzos y sus extremidades inferiores —¡me refiero a mi joven héroe, no al legendario!—… Las prendas inferiores se le ceñían a las extremidades inferiores como si estuvieran moldeadas en ellas. Me impresionó mucho la gracia viril con la que se bebió de un golpe el vaso de licor y devolvió el receptáculo vacío a la tapa del barril. Tuve una extraña fantasía. Recordé que había leído en alguna parte de la historia de la Unión que cuando María, reina de Escocia, llegó por primera vez a su reino se la obsequió con una fiesta. ¡Se escribió entonces que tenía el cuello tan fino y la piel tan blanca que cuando tragaba el vino los espectadores podían ver el paso de la riqueza rubí del líquido! Esta escena siempre había influido mucho en mi espíritu cuando era niño. Hasta aquel momento no recordé qué infantil placer había supuesto que mi futura esposa exhibiera algún atractivo tan especial en su persona… Además, claro, de los atractivos más necesarios de mente y de espíritu. Pero ahora, cuando el señor Talbot se abstenía de verme, me hallé en mi reino de vestíbulo, camarote y combés, destronado inesperadamente mientras allí ascendía al trono un nuevo monarca. Pues este joven de bronce con su icor llameante —y cuando se bebió el licor me pareció que había oído el rugido de un horno y que con el ojo interno podía yo apreciar cómo estallaba el fuego— me pareció con el ojo externo que había de ser el único rey. Abdiqué libremente y ansié arrodillarme ante él. Se me volcó todo el corazón en un apasionado deseo de atraer a este joven a NUESTRO SALVADOR, ¡pues sería, sin duda, la primera y la más rica fruta de la cosecha que se me envía a recoger! Cuando se apartó del barril lo seguí con los ojos sin que interviniera en ello mi voluntad. Pero se fue a donde yo, ay, no podía ir.
¿Qué son, pues, estos seres que al mismo tiempo son tan libres y tan dependientes? Son marineros, y ahora empiezo a comprender esa palabra. Cabe observarlos cuando terminan su servicio y se quedan juntos agarrados del brazo o se pasan los unos a los otros el brazo por encima del hombro. ¡A veces duermen en las planchas bien fregadas de la cubierta, y entonces unos ponen la cabeza sobre el pecho del otro, cual si fuera una almohada! Los placeres inocentes de la amistad —de los cuales yo, ay, tengo todavía tan poca experiencia—, la alegría de una amable relación, o incluso ese vínculo entre dos personas que, según nos indica la Sagrada Escritura, es superior al amor de las mujeres, debe de ser el cemento que mantiene unida a su compañía.
Estaba yo recuperándome de aquella invasión cuando se sumó a nuestra compañía —por respeto nos pusimos en pie— aquel clérigo de cinco pies justos, con su casulla, su bonete de diario posado sobre una peluca redonda, su sotana hasta los pies, sus botas con tachuelas; todo ello con un aire que era una mezcla de timidez, piedad, triunfo y complacencia. Protestará Su Señoría inmediatamente que no es posible meter juntos todos estos atributos bajo el mismo bonete. Yo convendría en que normalmente raras veces hay espacio para todos ellos, y por lo general es uno en particular el que predomina. Así ocurre en la mayor parte de las ocasiones. Al sonreír, ¿no lo hacemos con la boca, las mejillas y los ojos, y de hecho con toda la cara, del mentón al cabello! Pero cuando Natura dotó a este Colley lo hizo con la mayor economía. Natura ha lanzado…, no, es un verbo demasiado activo. Bien, pues, en algún rincón de la playa del Tiempo, o en el borde cenagoso de alguno de sus más insignificantes arroyos, se han ido mezclando de forma casual e indiferente una serie de rasgos de los que Natura se ha deshecho por no resultar útiles para ninguna de sus criaturas. Una chispa vital que podría haberse destinado a animar a una oveja se hizo cargo de toda la colección. El resultado es este cachorro de la iglesia.
Si los niños supieran lo mucho que sus padres sufren para montar y celebrar sus fiestas, ¿los eximirían de hacerlo? Lo dudo. Esa tradición, reforzada por los compañeros, había adquirido no sé cómo la férrea obligatoriedad de las Navidades y de los funerales. Por más que detestara aquel asunto, tengo que admitir que podría haber sido peor. Anne tiene talento para la organización y, además de contar con mi ayuda, tenía de ayudante a la capaz y voluntariosa Magda, nuestra au pair rumana.
Eso le convenía porque, malinterpretando las ideas marxistas, había decidido no comprarme juguetes. «Esos objetos son productos de la maligna economía de consumo. Te enseñan a ser soldado, a convertir la vida en una guerra, a pensar que todas las cosas fabricadas, por tenerlas en versiones diminutas, son fuente de placer. Los juguetes convierten al infante en un futuro asesino, en un explotador, en fin, en un comprador compulsivo.»
Jackie Coogan es una de las cosas más grotescas y desagradables que he visto jamás. Es el culmen de ese fenómeno gruesome que son los niños imitando a los adultos que tanto éxito tiene en Canal Sur.
Si a eso le sumamos la grima que daba Chaplin cuando era joven y que con media hora de película había tiempo de sobra para contar la historia tenemos como resultado un veredicto muy negativo.
El chico. Charles Chaplin. 1921.

Jackie Coogan es una de las cosas más grotescas y desagradables que he visto jamás. Es el culmen de ese fenómeno gruesome que son los niños imitando a los adultos que tanto éxito tiene en Canal Sur.

Si a eso le sumamos la grima que daba Chaplin cuando era joven y que con media hora de película había tiempo de sobra para contar la historia tenemos como resultado un veredicto muy negativo.

El chico. Charles Chaplin. 1921.