Cuando les llegó la hora de morir, Peter Gossard maldijo y Knife Hilton lloró, pero Wolfer Joe Kennedy bostezó ante la cara del verdugo.
Cada ballenero lleva un buen número de cartas para varios barcos cuya entrega a las personas a las que van dirigidas depende de la oportunidad de encontrarlas en los cuatro océanos. La mayoría de estas cartas no llega a sus destinatarios, y muchas tan sólo se reciben tras haber pasado una edad de dos, tres años o incluso más.
Starbuck retornó pronto con una carta en la mano. Como consecuencia de haber estado guardada en una oscura taquilla de la cabina, se veía sumamente deteriorada, húmeda y cubierta de un moho verde. De esa carta la Muerte misma podría haber sido el cartero.
Los teoremas más fuertes y mejor adaptados tienen oportunidad de desarrollarse y propagarse, mientras que los débiles se convierten en sushi.
I had never seen her naked, but Kelsey was the great love of my life.
I met her when we were both on suicide watch at County. I attacked my therapy group because I had a narcissistic self-destructive complex, the doctors said, and not because the other patients had masks or slimy, membranous cauls covering their faces that flapped and fluttered when they talked. When things got really bad, she was the only one who still had a face.
It was how she carried herself, the way she occupied space, somehow silently asserting her right to exist in a world that offered her little or no reason to stay. What must they have done to raise a girl so utterly prepossessed, so sure of herself in spite of everything they did to her. I didn’t know until later her poise came from trying and failing to kill herself eight times.
Se había criado en la sociedad enloquecida de los «shakers» de Neskyeuna, donde había sido un gran profeta; en sus reuniones secretas y delirantes había descendido varias veces del cielo a través de una trampilla anunciando la pronta apertura del séptimo frasco que llevaba en el bolsillo de su chaleco; el cual, en vez de contener pólvora, se suponía estaba relleno de láudano. Después de haberle acometido un extraño frenesí apostólico, había dejado Neskeyeuna por Nantucket, donde, con esa sagacidad peculiar de la locura, asumió un sentido común sólido y externo y se ofreció voluntario como novato en el ballenero Jeroboán. Le contrataron, pero inmediatamente después de que el barco hubiese perdido de vista la tierra, su locura se desparramó como una riada. Se anunció a sí mismo como el arcángel Gabriel y ordenó al capitán que saltara por la borda. Hizo público su manifiesto, en el cual se proclamaba el libertador de las islas del mar y vicario general de toda la Oceanía. La impávida seriedad con que declaraba todas esas cosas; el oscuro e intrépido juego de su insomne y excitada imaginación, y todos los terrores sobrenaturales del delirio real se unieron para investir a este Gabriel, en las mentes de la mayoría de la ignorante tripulación, de un aura sagrada. Más aún, le tenían miedo. Pero como un hombre así no era de mucha utilidad práctica en el barco, especialmente porque rechazaba trabajar salvo cuando le daba la gana, al incrédulo capitán le habría gustado liberarse de él.
Tal vez no se deba del todo a que la ballena es excesivamente grasienta el que los hombres de tierra suelan considerarla con horror; esto parece obedecer a la consideración antes mencionada, es decir, que un hombre coma algo que acaba de matarse en el mar y que además se lo coma a su propia luz. Pero no hay duda de que el primer hombre que mató un buey fue considerado un asesino, tal vez fuese colgado; y si hubiese sido juzgado por bueyes, lo habría sido con toda seguridad; y, ciertamente, lo mereció si algún asesino lo merece. Id al mercado de carne de un sábado por la noche y mirad las multitudes de bípedos mirando fijamente las largas hileras de cuadrúpedos muertos. ¿Acaso no quita esa imagen un diente a la mandíbula del caníbal?, ¿quién no es un caníbal? Pues bien, yo os digo que le irá mejor a un nativo de las Fiji que conservó en sal a un enteco misionero en su bodega en previsión de una hambruna, os digo que le irá mejor a ese previsor nativo de las Fiji en el Día del Juicio Final, que a vosotros, civilizados e ilustrados sibaritas que aseguráis al suelo con estacas a los gansos para atiborraros con sus hígados hinchados, con su paté-de-foie-gras.
Pero Stubb, él come ballena a su propia luz, ¿o no?, y eso añade un insulto a la injuria, ¿o no? Mirad el mango de vuestro cuchillo, pues bien, mi civilizado e ilustrado sibarita que te estás comiendo tu carne asada, dime de qué está hecho ese mango: de qué, si no de los huesos del hermano del buey que te estás comiendo. ¿Y con qué os limpiáis los dientes después de haber devorado ese grasiento ganso? Con una pluma de la misma ave. ¿Y con qué pluma redactaba anteriormente el secretario de la Sociedad para la Supresión de la Crueldad contra los Gansos sus circulares? Hace tan sólo un mes o dos que esa sociedad aprobó una resolución para emplear únicamente plumas de acero.
But then he came over and sat down beside me, and suddenly he was dragging a backpack, a big one with a bedroll. He set up a little primus stove and heated popcorn. “You go to any auditions this month?” he asked after a while. I didn’t answer. He kept pushing me until I said, “The agent said I have no charisma.” “But you’ve got character! That stupid bitch––“ he started to fly into a rage again, but then looked around and saw nothing he could throw, but me. “Don’t look at me like that,” he growled. “I would never hurt you. You’re a prince, and one day, my boy…” His arm trapped me, his other hand sweeping over the candy-colored panorama of the miniature golf course and the endless barrage of cars. “One day, all this will be yours… “For one day.
La marea roja ahora se derramaba desde todas las partes del monstruo como arroyos por una montaña. Su cuerpo atormentado rodaba no en salmuera sino en sangre, que borboteaba y hervía a gran distancia por detrás en su estela. Los oblicuos rayos del sol, jugueteando sobre esa laguna carmesí del mar, enviaban sus reflejos sobre cada rostro, de modo que todos se mostraban ardientes como de pieles rojas. Y durante todo ese tiempo, nube tras nube de humo blanco fue disparada por el espiráculo de la agonizante ballena, y con la misma vehemencia salía bocanada tras bocanada de la boca del excitado patrón; con cada lanzamiento, Stubb, tirando de su lanza curva (mediante la estacha fijada a ella), la tensaba una y otra vez, con unos pocos tirones rápidos contra la regala, para luego enviarla una y otra vez hacia la ballena.
—¡Acércate, acércate! —gritó ahora al proel, cuando la debilitada ballena se relajó en su furia—, ¡más cerca, más!
Y la lancha se puso a la altura del flanco del animal. Estirándose por encima de la proa, Stubb clavó lentamente su larga y afilada lanza en el pez y la mantuvo allí, removiéndola y removiéndola cuidadosamente, com si estuviera buscando con todo cuidado algún reloj de oro que la ballena se pudiese haber tragado, com miedo a romperlo antes de engancharlo. Pero ese reloj que buscaba era la misma vida del pez. Y ahora la había encontrado; puesto que, despertando de su trance en esa cosa inexpresable llamada su «paroxismo», el monstruo se revolvió horriblemente en su sangre, envolviéndose en un impenetrable, enloquecido e hirviente vapor, de modo que la embarcación, en peligro, cayendo de repente haca popa, se las vio y se las deseó para salir de esa penumbra enfurecida a la clara luz del día.
Y ahora, sacudiéndose en su paroxismo, la ballena se revolvió una vez más a la vista, surgiendo de un lado a otro, dilatando y contrayendo espasmódicamente el orificio de su surtidor, con una respiración agitada y dolorosa. Finalmente lanzó al espantado aire borbotón tras borbotón de sangre coagulada, como si hubiesen sido purpúreos sedimentos de vino tinto, y volviendo a caer, corrían por sus flancos inmóviles hacia el mar. ¡Su corazón había reventado!
Las películas de Wes Anderson no son cupcakes, son recetas de cupcakes. Cupcakes teóricos e imposibles donde el tell se come al show aunque parezca mentira.
Gran Hotel Budapest. Hugo Guiness & Wes Anderson. 2014.

Las películas de Wes Anderson no son cupcakes, son recetas de cupcakes. Cupcakes teóricos e imposibles donde el tell se come al show aunque parezca mentira.

Gran Hotel Budapest. Hugo Guiness & Wes Anderson. 2014.

Me encanta salir de marcha y tengo en mi currículum algunas juergas memorables. Me gusta la noche, las discotecas, la música house y las risas con unas copitas. Cuando me acuerdo de alguna de mis fiestas me digo: «Que me quiten lo bailao. Eso que me llevo pa´l cuerpo».
Claro que salir de noche tiene, en mi caso, un gran inconveniente. Siempre que me ven con alguien tomándome algo me lo colocan de amante o próximo novio.