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El jefe sacó de la cartera un libro de leyes color obre y lo abrió diestramente por la página precisa.
—Quiero que escuchéis todos con atención: «Código Penal, Artículo Catorce: Los actos de los menores de catorce años de edad no son punibles por la ley». Lo volveré a leer, y lo más alto que pueda: «Los actos de los menores de catorce años de edad no son punibles por la ley».
El jefe hizo que el libro circulase entre sus compañeros y prosiguió:
—Se diría que nuestros padres y la sociedad ficticia en la que creen han promulgado esta ley por nuestro bien. Y yo pienso que les deberíamos estar agradecidos. Esta ley es la expresión de las enormes esperanzas que tienen en nosotros. Pero representa también todos los sueños que nunca han sido capaces de realizar. Han supuesto, por el simple hecho de haberse atado ellos mismos de tal forma que no pueden ni moverse, que nosotros también somos unos seres indefensos. Y han sido lo suficientemente descuidados como para dejarnos en esta ley, y sólo en ella, un retazo de cielo azul y de absoluta libertad.
»Porque yo diría que esta ley es una especie de cuento infantil, un cuento infantil absolutamente mortífero. En cierta manera, es comprensible. Después de todo, hasta ahora no hemos sido sino crío, unos adorables, indefensos e inocentes críos.
»Pero tres de nosotros cumplirán catorce años el me próximo: yo, el número uno y el número tres. Y los otros tres van a cumplirlos en marzo. Pensad en ello un instante: ¡es nuestra última oportunidad!
—Quiero que escuchéis todos con atención: «Código Penal, Artículo Catorce: Los actos de los menores de catorce años de edad no son punibles por la ley». Lo volveré a leer, y lo más alto que pueda: «Los actos de los menores de catorce años de edad no son punibles por la ley».
El jefe hizo que el libro circulase entre sus compañeros y prosiguió:
—Se diría que nuestros padres y la sociedad ficticia en la que creen han promulgado esta ley por nuestro bien. Y yo pienso que les deberíamos estar agradecidos. Esta ley es la expresión de las enormes esperanzas que tienen en nosotros. Pero representa también todos los sueños que nunca han sido capaces de realizar. Han supuesto, por el simple hecho de haberse atado ellos mismos de tal forma que no pueden ni moverse, que nosotros también somos unos seres indefensos. Y han sido lo suficientemente descuidados como para dejarnos en esta ley, y sólo en ella, un retazo de cielo azul y de absoluta libertad.
»Porque yo diría que esta ley es una especie de cuento infantil, un cuento infantil absolutamente mortífero. En cierta manera, es comprensible. Después de todo, hasta ahora no hemos sido sino crío, unos adorables, indefensos e inocentes críos.
»Pero tres de nosotros cumplirán catorce años el me próximo: yo, el número uno y el número tres. Y los otros tres van a cumplirlos en marzo. Pensad en ello un instante: ¡es nuestra última oportunidad!
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―Ahora dejadme que os hable de mis vacaciones. En el viaje que hicimos, tuve la oportunidad de rozarme las narices con mis viejos de la mañana a la noche, y por primera vez en mucho tiempo. ¡Padres! Pensad por un minuto en ellos: son capaces de hacerle vomitar a uno. Los padres son el mal mismo; representan todo lo feo que hay en el hombre.
»No existe nada parecido a un padre bueno, pues el papel de padre es malo en sí mismo. Padres estrictos, padres blandos, padres agradables y moderados… son todos a cual peor. Se plantan en medio de nuestro camino hacia el progreso, tratan de cargarnos con sus complejos de inferioridad, con sus aspiraciones insatisfechas, con sus resentimientos, con sus ideales, con las debilidades inconfesadas, con sus pecados, con sus sueños más dulces que la miel, con las máximas que no han tenido el coraje de seguir… Les gustaría descargar en nosotros toda esa porquería. ¡Toda! Ni siquiera son diferentes los padres más negligentes, como los míos. Les remuerde la conciencia por no haber hecho el menor caso a sus hijos, y quieren que los chicos entiendan cuán intenso es su dolor. ¡Quieren compenetrarse con ellos!
»En Año Nuevo fuimos a Arashi Yama, en Kyoto, y cuando estábamos cruzando el puente de las Lunas le pregunté al viejo: “Papá, ¿existe alguna finalidad en la vida?” Ya véis adónde quería ir a parar, ¿no?; lo que en realidad quería decir era: Padre, ¿puedes darme siquiera una razón para seguir viviendo? ¿No sería mejor desaparecer cuanto antes? Pero una insinuación de primer orden nunca logra llegar a un hombre así. Se limitó a mirarme sorprendido y con ojos de loco. Odio ese tipo de ridícula sorpresa adulta. Y cuando respondió por fin, ¿qué creéis que me dijo: “Nadie va a proporcionarte una finalidad en la vida; tienes que encontrar una por ti mismo”.
»¿Qué os parece esta moral estúpida y trillada? Se limitó a apretar un botón y ¡ahí tenéis!; con una sola frase se quitó de encima toda la responsabilidad de un buen padre. ¿Habéis mirado alguna vez a sus ojos cuando sucede algo parecido? Sospechan de todo aquello que pueda ser creador; tratan de cercenar el mundo hasta reducirlo a algo mezquino y fácil de manejar. Un padre es una máquina de ocultar la realidad, una máquina de urdir mentiras para los niños. Pero eso no es lo peor: íntimamente cree que representa la realidad.
»Los padres son las moscas de este mundo. Sobrevuelan nuestras cabezas a la espera de una oportunidad y, cuando descubren algo podrido, caen sobre ello zumbando y hozan en la carroña. Sucias, lascivas moscas que van aireando a los cuatro vientos que han jodido con nuestras madres. Harían cualquier cosa para contaminar nuestra libertad y nuestras facultades. Cualquier cosa para proteger las sucias ciudades que han construído para sí mismos.
»No existe nada parecido a un padre bueno, pues el papel de padre es malo en sí mismo. Padres estrictos, padres blandos, padres agradables y moderados… son todos a cual peor. Se plantan en medio de nuestro camino hacia el progreso, tratan de cargarnos con sus complejos de inferioridad, con sus aspiraciones insatisfechas, con sus resentimientos, con sus ideales, con las debilidades inconfesadas, con sus pecados, con sus sueños más dulces que la miel, con las máximas que no han tenido el coraje de seguir… Les gustaría descargar en nosotros toda esa porquería. ¡Toda! Ni siquiera son diferentes los padres más negligentes, como los míos. Les remuerde la conciencia por no haber hecho el menor caso a sus hijos, y quieren que los chicos entiendan cuán intenso es su dolor. ¡Quieren compenetrarse con ellos!
»En Año Nuevo fuimos a Arashi Yama, en Kyoto, y cuando estábamos cruzando el puente de las Lunas le pregunté al viejo: “Papá, ¿existe alguna finalidad en la vida?” Ya véis adónde quería ir a parar, ¿no?; lo que en realidad quería decir era: Padre, ¿puedes darme siquiera una razón para seguir viviendo? ¿No sería mejor desaparecer cuanto antes? Pero una insinuación de primer orden nunca logra llegar a un hombre así. Se limitó a mirarme sorprendido y con ojos de loco. Odio ese tipo de ridícula sorpresa adulta. Y cuando respondió por fin, ¿qué creéis que me dijo: “Nadie va a proporcionarte una finalidad en la vida; tienes que encontrar una por ti mismo”.
»¿Qué os parece esta moral estúpida y trillada? Se limitó a apretar un botón y ¡ahí tenéis!; con una sola frase se quitó de encima toda la responsabilidad de un buen padre. ¿Habéis mirado alguna vez a sus ojos cuando sucede algo parecido? Sospechan de todo aquello que pueda ser creador; tratan de cercenar el mundo hasta reducirlo a algo mezquino y fácil de manejar. Un padre es una máquina de ocultar la realidad, una máquina de urdir mentiras para los niños. Pero eso no es lo peor: íntimamente cree que representa la realidad.
»Los padres son las moscas de este mundo. Sobrevuelan nuestras cabezas a la espera de una oportunidad y, cuando descubren algo podrido, caen sobre ello zumbando y hozan en la carroña. Sucias, lascivas moscas que van aireando a los cuatro vientos que han jodido con nuestras madres. Harían cualquier cosa para contaminar nuestra libertad y nuestras facultades. Cualquier cosa para proteger las sucias ciudades que han construído para sí mismos.
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Los fantasmas del mar y de los barcos y de los viajes oceánicos existían tan sólo en aquel aliento fresco y rutilante. Pero, con el paso de los días, veia cómo se iba adhiriendo a Ryuji otro de los groseros olores de la rutina de tierra: el olor del hogar, el olor de los vecinos, el olor de la paz, de las frituras de pescado, de las bromas, del mobiliario que nunca cambiaba de lugar, de los libros del presupuesto familiar, de las excursiones de fin de semana… Todos los pútridos olores que despiden los hombres que habitan en tierra: el hedor de la muerte.
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Desde la más oscura noche de los tiempos, las mujeres de toda casta habían dicho estas palabras a los marinos en todos los puertos. Palabras de dócil aceptación de la autoridad del horizonte, de atolondrado homenaje a aquella misteriosa frontera azul. Palabras que, aun en las mujeres más altivas, jamás dejaban de expresar la tristeza, las vanas esperanzas, la libertad de la ramera:
―Partirás por la mañana, ¿no es así?
―Partirás por la mañana, ¿no es así?
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Normalmente es alguien con cierta superioridad física quien imparte lecciones de este tipo, pero en el caso del jefe era completamente diferente: apelaba directamente al intelecto. Para comenzar, sostenía que los genitales eran para copular con las estrellas en la Vía Láctea. El vello púbico, raíces de índigo asentadas profundamente bajo la piel blanca y algunas hebras ya fuertes y cada día más gruesas, crecerían con el fin de hacer cosquillas al recatado polvo de estrellas en el momento de la violación… El grupo se sentía hechizado por delirios sagrados de este tipo, y detestaba a los otros colegiales, chicos alocados, sucios, dignos de lástima, que desbordaban de curiosidad acerca del sexo.
―Cuando acabemos de comer, iremos a mi casa ―dijo el jefe―. Todo está listo. Ya sabéis para qué.
―¿Has conseguido el gato?
―Todavía no, pero no tardaremos en tener uno. Ya nada va a tardar.
―Cuando acabemos de comer, iremos a mi casa ―dijo el jefe―. Todo está listo. Ya sabéis para qué.
―¿Has conseguido el gato?
―Todavía no, pero no tardaremos en tener uno. Ya nada va a tardar.
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―El marino es tremendo. Es como un animal fantástico recién salido del mar salpicando y chorreando. La otra noche lo vi acostarse con mi madre.
Noboru empezó un agitado retrato de lo que había presenciado. A pesar de las caras impasibles, sintió los ojos fijos en él, reparó en los esfuerzos que hacían para no perder palabra, y se dio por satisfecho.
Noboru empezó un agitado retrato de lo que había presenciado. A pesar de las caras impasibles, sintió los ojos fijos en él, reparó en los esfuerzos que hacían para no perder palabra, y se dio por satisfecho.
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Recordó su pregunta: «¿Por qué no te has casado?». Y recordó así mismo su estúpida y sonriente respuesta: «No es fácil encontrar una mujer que quiera ser la esposa de un marino».
Cuando en realidad lo que había querido decir era: «Todos los demás oficiales tienen ya dos o tres hijos, leen las cartas de la familia una y otra vez y contemplan los dibujos de las casas, soles y flores que les mandan sus chicos. Esos hombres han perdido su oportunidad, ya no hay esperanza para ellos. Nunca he hecho gran cosa, pero me he pasado la vida entera pensando que soy el único hombre verdadero. Y, si no me engaño, algún día sonará en el alba un cuerno límpido y solitario, y una nube turgente, traspasada de luz, descenderá velozmente, y la imperiosa voz de la gloria me requerirá desde la lejanía… Y tendré que saltar de la cama y partir solo. Por eso no me he casado. He estado esperando y esperando, y aquí estoy, a las diez y media de la noche…»
Cuando en realidad lo que había querido decir era: «Todos los demás oficiales tienen ya dos o tres hijos, leen las cartas de la familia una y otra vez y contemplan los dibujos de las casas, soles y flores que les mandan sus chicos. Esos hombres han perdido su oportunidad, ya no hay esperanza para ellos. Nunca he hecho gran cosa, pero me he pasado la vida entera pensando que soy el único hombre verdadero. Y, si no me engaño, algún día sonará en el alba un cuerno límpido y solitario, y una nube turgente, traspasada de luz, descenderá velozmente, y la imperiosa voz de la gloria me requerirá desde la lejanía… Y tendré que saltar de la cama y partir solo. Por eso no me he casado. He estado esperando y esperando, y aquí estoy, a las diez y media de la noche…»
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—Que duermas bien, cariño.
La madre de Noboru salió del cuarto del chico y cerró la puerta con llave. ¿Cuál sería su reacción en caso de incendio? En primer lugar, lo sacaría de allí: se había hecho esa promesa. Pero ¿y si el calor retorcía la puerta de madera o la pintura obstruía el ojo de la cerradura? ¿La ventana? El camino de abajo era de grava, y la altura del segundo piso de aquella casa alta y estrecha tampoco permitía abrigar demasiadas esperanzas.
La culpa era del chico. Nada habría pasado si no se hubiera dejado convencer por el jefe y no se hubiera escapado de casa aquella noche. Luego vino la letanía de preguntas, pero él se había negado a revelar el nombre de su jefe.
Vivían en la cima del cerro de Hado, en Yokohama, en una casa construida por su padre. Al terminar la guerra la casa había sido requisada por el ejército de ocupación, y se había instalado un servicio en cada dormitorio del piso superior. Pasar la noche allí encerrado no era excesivamente incómodo, pero para un chico de trece años suponía una enorme humillación.
Una mañana, solo y al cuidado de la casa, Noboru, ansioso por desahogar de algún modo su despecho, se puso a revolver su habitación.
Había un gran armario empotrado cuya pared del fondo daba al dormitorio de su madre. Sacó todos los cajones y, al vaciarlos desordenadamente por el suelo, vio que un hilo de luz iluminaba uno de los huecos del armario.
Metió en él la cabeza y descubrió la fuente de la luz: el fuerte sol estival se reflejaba en el mar e inundaba el dormitorio vacío de su madre. Había mucho espacio en el armario: incluso un adulto, deslizándose en sentido horizontal, podría introducirse hasta la cintura. Al examinar la alcoba de su madre a través de la abertura, Noboru experimentó una nueva y refrescante sensación.
La madre de Noboru salió del cuarto del chico y cerró la puerta con llave. ¿Cuál sería su reacción en caso de incendio? En primer lugar, lo sacaría de allí: se había hecho esa promesa. Pero ¿y si el calor retorcía la puerta de madera o la pintura obstruía el ojo de la cerradura? ¿La ventana? El camino de abajo era de grava, y la altura del segundo piso de aquella casa alta y estrecha tampoco permitía abrigar demasiadas esperanzas.
La culpa era del chico. Nada habría pasado si no se hubiera dejado convencer por el jefe y no se hubiera escapado de casa aquella noche. Luego vino la letanía de preguntas, pero él se había negado a revelar el nombre de su jefe.
Vivían en la cima del cerro de Hado, en Yokohama, en una casa construida por su padre. Al terminar la guerra la casa había sido requisada por el ejército de ocupación, y se había instalado un servicio en cada dormitorio del piso superior. Pasar la noche allí encerrado no era excesivamente incómodo, pero para un chico de trece años suponía una enorme humillación.
Una mañana, solo y al cuidado de la casa, Noboru, ansioso por desahogar de algún modo su despecho, se puso a revolver su habitación.
Había un gran armario empotrado cuya pared del fondo daba al dormitorio de su madre. Sacó todos los cajones y, al vaciarlos desordenadamente por el suelo, vio que un hilo de luz iluminaba uno de los huecos del armario.
Metió en él la cabeza y descubrió la fuente de la luz: el fuerte sol estival se reflejaba en el mar e inundaba el dormitorio vacío de su madre. Había mucho espacio en el armario: incluso un adulto, deslizándose en sentido horizontal, podría introducirse hasta la cintura. Al examinar la alcoba de su madre a través de la abertura, Noboru experimentó una nueva y refrescante sensación.
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Only Alan saw —ghostly, at the very edge of vision— the tall figure that came out, a figure dressed not in a sport-coat or a smoking jacket but in a black broadcloth coat. A travelling coat.
In one hand Mr. Gaunt held an old-fashioned valise, the sort in which a drummer or a travelling salesman might have carried his goods and samples in days of old. It was made of hyena hide, and it was not still. It puffed and bulged, puffed and bulged below the long white fingers which gripped its handle. And from inside, like the sound of a distant wind or the ghostly cry one hears in high tension wires, the faint sound of screams. Alan did not hear this horrid and unsettling sound with his ears; he seemed to hear it with his heart and in his mind.
In one hand Mr. Gaunt held an old-fashioned valise, the sort in which a drummer or a travelling salesman might have carried his goods and samples in days of old. It was made of hyena hide, and it was not still. It puffed and bulged, puffed and bulged below the long white fingers which gripped its handle. And from inside, like the sound of a distant wind or the ghostly cry one hears in high tension wires, the faint sound of screams. Alan did not hear this horrid and unsettling sound with his ears; he seemed to hear it with his heart and in his mind.
