Albertespinosismo, o el arte de no molestarse en entender nada porque te diriges a los idiotas.
The kings of summer. Chris Galletta & Jordan Vogt-Roberts. 2013.

Albertespinosismo, o el arte de no molestarse en entender nada porque te diriges a los idiotas.

The kings of summer. Chris Galletta & Jordan Vogt-Roberts. 2013.

Desperdiciar la eclosión marica y prestarle atención a las mismas chorradas de siempre.
Caída libre. Karsten Dahlem & Stephan Lacant. 2013.

Desperdiciar la eclosión marica y prestarle atención a las mismas chorradas de siempre.

Caída libre. Karsten Dahlem & Stephan Lacant. 2013.

Por donde les da.
Ocho apellidos vascos. Borja Cobeaga, Diego San José & Emilio Martínez-Lázaro. 2014.

Por donde les da.

Ocho apellidos vascos. Borja Cobeaga, Diego San José & Emilio Martínez-Lázaro. 2014.

Algo crujió en el maletero abierto. Aparté a Roy de un empujón y disparé a bocajarro incluso antes de mirar. La rueda de recambio explotó. En el otro lado del maletero, una mano con garras arañaba un montón de ropas acribilladas. Volví a disparar. Las garras de ambas manos se entrelazaron y la criatura que había tras ellas no volvió a moverse.
Aparté la ropa a un lad con el cañón y debajo aparecieron un par de niños muertos en un nido de trapos y sangre. Ambos estaban esposados. La cosa que acababa de matar ya había horadado totalmente el estómago de uno de ellos. Su morro lobuno dibujaba una mueca y tenía una cola como una docena de serpientes entrelazadas. Cerré el maletero y cargué otro cartucho. Miré el maletero esperando que pasara algo, pero no pasó nada.
A mis espaldas… Bueno, esa es otra historia.

1, Toad Place,
Berkeley,
Gloucestershire,
Gran Bretaña.
25 de diciembre, 1929.

Matóncraft:

¿Soñó por un casual que nunca volvería a oír nada más de mí? ¿Tal vez incluso se olvidó de mi existencia, ya que la lectura de mis escritos evidentemente no le ha aportado nada como escritor? Usted no es más que una carcasa vacía en la que se retorcían unos cuantos sueños que luego se marchitaron al ser expuestos a la luz del día. Tuve la desgracia de echar una hojeada a sus disparates sobre Dunwich. Supongo que optó por escribir sobre el poblado submarino antes de recordar que ya había escrito sobre una isla submarina. Mejor le habría ido si hubiera dejado a ambas bajo el agua. ¿Es que no es capaz de soñar nada que no sean tentáculos? Tengo la intención de que su escritura huele definitivamente a pescado muerto. ¿Cree que mis escritos extraviados podrían todavía reaparecer misteriosamente?

Callaron. ¿Dónde había visto ya Drogo aquel mundo? ¿Lo había vivido quizá en sueños o lo había construido al leer alguna vieja fábula? Le parecía reconocer las bajas rocas caídas, el valle tortuoso sin árboles ni verde, aquellos precipicios sesgados y por último aquel triángulo de desolada llanura que las rocas de delante no lograban ocultar. Ecos profundísimos de su alma se habían despertado, y él no sabía entenderlos. Ahora Drogo miraba el mundo del septentrión, la landa deshabitada a través de la cual los hombres, se decía, nunca habían pasado. Jamás por allí habían llegado enemigos, jamás se había combatido, jamás había ocurrido nada.
—¿Qué? —preguntó Morel, buscando un tono jovial—. ¿Qué? ¿Te gusta?
—¡Hombre!… —Drogo sólo supo decir esto.
En ellos descubrimos que éramos los animales más odiados de la tierra, después de las serpientes y de los virus. Lo cual nos pareció raro e injusto. Especialmente, al enterarnos de que a algunos parientes cercanos, como por ejemplo las ardillas y los conejos, se les aprecia bastante. Pero para la gente nosotras somos las que propagamos enfermedades. Supongo que llevan razón, aunque lo hacemos sin querer y, desde luego, nunca hemos causado tantas calamidades como los propios humanos. Sin embargo, nos pareció que el principal motivo de su odio debía buscarse en el hecho de que viviéramos del robo. Desde los tiempos más remotos, las ratas han vivido en los alrededores de las granjas y de las ciudades humanas, han viajado en sus embarcaciones, han roído los suelos y han robado alimentos. Algunas veces hemos sido acusadas de morder a niños, pero ni yo ni ninguna de nosotras creemos que sea cierto, a menos que se tratara de alguna rata degenerada, criada en los peores tugurios urbanos. Y eso, por supuesto, puede ocurrir también entre las personas. ¿Se deducía de todo esto que no teníamos ninguna utilidad en el mundo? Una enciclopedia incluía una frase de elogio: «La rata común tiene un alto valor como animal, de experimentación en el campo médico debido a su resistencia, inteligencia, adaptabilidad y similitud biológica con el hombre.» Sobre eso nosotras ya sabíamos un rato. Pero había un libro escrito por un científico famoso que dedicaba un capítulo entero a las ratas. En él se decía que, millones de años atrás, las ratas habían estado por delante del resto de los animales y, en apariencia, habían intentado desarrollar una civilización propia. Estaban bien organizadas y construían unas colonias bastante sofisticadas en los campos. Sus actuales descendientes son las conocidas como «perros de las praderas». Pero, por alguna razón, fracasaron. En opinión del científico, quizá se debiera a que la vida de aquellas ratas fue muy relajada. Mientras otros animales, concretamente los monos que habitaban los bosques, se iban robusteciendo tanto física como mentalmente, los perros de las praderas, por el contrario, se hicieron acomodaticios y perezosos y no realizaron progreso alguno. Llegó el día en que los monos salieron del bosque, caminando erguidos sobre sus patas traseras, y se apoderaron de las praderas y de casi todo lo demás. Y entonces, a las ratas no les quedó más remedio que convertirse en carroñeras y ladronas, y establecerse en los márgenes de un mundo regido por hombres.
Tardó unos cuantos minutos. No estaba cronometrando el tiempo y le pareció que tardaba mucho más. Introdujo la cabeza a tientas en una de las bolsas de plástico de una de las tiendas de Nieuwe Binnenweg. Recicló uno de los cordones de los zapatos de Mains para cerrar la bolsa, luego la colocó en el lavabo.
Ahora le resultaría más sencillo. Podía ser cualquiera.
Es un bonito día.
En varios momentos durante las siguientes dos horas, Joe pensó que tendría que darse por vencido. Lo que estaba haciendo era inhumano. Si continuaba por ese camino perdería toda su humanidad. Incluso si lograba evitar que lo capturasen, nunca volvería a vivir en paz. Pero cada vez que flaqueaba, simplemente se reafirmaba en su determinación de sobrevivir. Sí, lo que estaba haciendo era un crimen, pero era el único crimen que estaba seguro de haber cometido.
La operación de limpieza le llevó más tiempo.
Últimamente, Pershing soñaba a menudo con su amigo Terry Walker, desaparecido hacía ya tiempo. El propio Terry raras veces estaba realmente presente; los sueños eran mudos y grises, como vídeos de seguridad, y no había actores. Había árboles y niebla, sombras que se movían como marionetas de sombras chinescas sobre una pared. A veces emergía de esos sueños intermitentes escuchando susurros apagados… En los primeros momentos siempre despertaba con la sensación de que había una figura agazapada tras las sombras en el umbral de la puerta. Y era entonces cuando su desconcertado cerebro proporcionaba sustancia a la forma: su padre, su hermano, su esposa muerta… pero, por supuesto, no era ninguno de ellos, porque a medida que la niebla se aclaraba en su mente, las sombras quedaban borradas por la luz de la mañana y los susurros se limitaban al trajín y el zumbido del ventilador en marcha. Se preguntaba si esas visiones eran un síntoma de un inminente ataque al corazón, o algo peor.
Pasaron luego al cuarto de baño, otra maravilla de la casa, con su hermosa pila de mármol, y su aparato de ducha circular y de regadera. Rosalía dio un chillido sólo de pensar que debajo de aquel rayo se ponía una persona sin ropa, y que al instante salía el agua. Cuando Caballero dio a la llave y corrieron con ímpetu los menudos hilos de agua, todas las mujeres, incluso doña Cándida, y también Bringas, gritaron en coro.
—Quita, quita —dijo Rosalía—; esto da horror.
—Es una cosa atroz, una cosa atroz —afirmó repetidas veces la de García Grande.